lunes, 31 de enero de 2011

Perder ganando: lecciones de la elección en Guerrero

Sin duda la nota del momento en el tema de la política nacional es el triunfo, amplio y contundente, obtenido por Ángel Aguirre en la elección de gobernador celebrada ayer en Guerrero. Lo es no sólo por la relevancia particular que para los guerrerenses tiene la votación, que determinó quién será el encargado de conducir los destinos de esa entidad los próximos 4 años y medio (el periodo de gobierno estatal será reducido por esta única ocasión para “empatar” con los comicios federales de medio término de 2015), sino sobre todo, por la estela de ganadores y perdedores que deja tras de sí una campaña sobrada en ataques y escasa de ideas.

Apenas conocidas las primeras tendencias que apuntaban a Aguirre como vencedor (el numerito de Añorve y compañía fue una simple patada de ahogado), comenzaron las especulaciones de columnistas prestigiados, opinólogos de alquiler y merolicos varios sobre los beneficiarios del resultado electoral, así como los “damnificados” del mismo. No obstante, una ojeada a estas opiniones vertidas al vuelo me da para pensar que no se ha entendido bien el recuento de daños de estos comicios.

Preciso: la mayoría de los columnistas y monigotes sonrientes de TV parecen estar de acuerdo en que la derrota de Añorve le pega en mayor o menor medida a Enrique Peña Nieto. Nada más hay que leer la columna de Ciro Gómez Leyva -ese valiente y viril columnista que, por poner un ejemplo de su hombría, cuando quiere referirse a Carmen Aristegui lo hace de manera histérica y sin atreverse a llamar por su nombre a “esa mujer” (¡ay, chus!)- para constatar el ardor de una derrota a manos de quienes quieren “hundir a Peña Nieto a costa de lo que sea” (¿pues qué esperabas, atolondrado?). Mucho se queja Ciro de la perversidad de los chuchos y de Ebrard, que allanaron el camino para llevar a Aguirre a la gubernatura. Otros de plano intentan tapar el sol con un dedo y afirman que Peña Nieto no perdió “porque no compitió”. Ternuritas.

En La Jornada, Julio Hernández llama a analizar con cuidado lo que cataloga como derrota aparente de Peña, ya que la amistad del gobernador gavioto con Aguirre Rivero augura traiciones a la “izquierda” que lo hizo candidato. Admito que tal posibilidad existe. Sin embargo, eso no altera, desde mi punto de vista, el resultado neto: Peña Nieto tuvo una derrota estrepitosa en Guerrero.

Supongamos que Aguirre, ya en la gubernatura, traiciona a la coalición que lo postuló y lo llevó al triunfo. Para empezar, no sería la primera vez que algo así le pasara al PRD, quien ya debería estar acostumbrado a que “sus” candidatos le den con la puerta en las narices, como el propio Zeferino Torreblanca en Guerrero, o el mercenario Juan Sabines en Chiapas (este último, colgándose en su campaña de la popularidad y apoyo brindado por López Obrador, para renegar de él y empinarse de nalgas ante Los Pinos al día siguiente de ganar la elección). Digo, si luego de estas experiencias fallidas el partido del sol azteca todavía cree en Santa Claus, es un problema de sus dirigentes, no de la base que sabe muy bien que la pandilla que tiene secuestrado al partido no hace acuerdos en la cúpula, sino en la cópula.

Pero vuelvo al tema: si Aguirre reniega de la coalición y se arroja a los brazos de su “gran amigo” Peña Nieto, nada podrá borrar la percepción de la opinión pública que sabe bien que toda la maquinaria electoral del Edomex, reparto de despensas incluido; toda la violencia y porrismo desplegado por mandriles militantes de ese partido; todas las malas mañas, la porquería, la “logística” mexiquense, no sirvieron para un carajo. Todos vimos a un Peña Nieto usando una ridícula camisa color verde chíngamelavista en un mitin de campaña de Añorve. Todos lo escuchamos pronosticar el triunfo del candidato tricolor, y echarle porras junto con la Gaviota igualmente vestida de pena ajena. Todos nos enteramos de las tranzas que los mapaches de Toluca intentaron hacer para “enderezar” una elección que tardíamente se dieron cuenta que perderían.

Y una vez que se dieron cuenta, se hicieron ojo de hormiga. No vimos a Peña Nieto al lado de Añorve en la patética conferencia de prensa donde el hermano de Chucky se proclamó ganador dando las cifras de 7 u 8 casillitas pedorras. Peña Nieto simple y sencillamente desapareció del mapa, preocupado porque le fueran a colgar ese muertito. “Mejor que digan aquí corrió, que aquí se despeinó”, pudo haber pensado el ahijado de Televisa. Fue muy claro para todos que Peña al final hizo todo por desmarcarse del perdedor.

Pero en política la forma es fondo, dijera el clásico. Y en este caso la de Peña Nieto no fue una simple derrota: fue madriza. Nada más CATORCE puntos abajo quedó el candidato al que públicamente apoyó. Demoledora derrota. Con ella, se rompe el mito de Peña como el “rey Midas” político que hace ganar a quien apoye. Peña Nieto no es, ni con mucho, invencible; y es por ello que las elecciones de este año en el Edomex son de pronóstico reservado. Es posible ganarle al copetón, que ya demostró en Guerrero que es un figurín con pies de barro. Andan nerviositos en Toluca, dicen.

Por más que más adelante Aguirre y Peña se acerquen uno a otro, y hasta se besen y se llenen de babas, quedó demostrado que si la gente se organiza y sale a votar, el Barbie toluqueño queda exhibido como un novato al que ésta, su primera prueba importante, le salió mal. En Guerrero, los electores lo mandaron, literalmente, al chorizo

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