jueves, 17 de diciembre de 2009

El Chapo no se marea

El dinero y el poder marean a las personas, dice la conseja popular. "El que nunca tuvo y llega a tener, loco se quiere volver". De muchas maneras diferentes, la sabiduría popular (whatever the fuck that means) nos advierte sobre los riesgos que corre una persona que experimenta un cambio súbito en su estilo de vida, sea por un afortunado golpe de suerte, o por otros motivos menos lucidores y quizá más oscuros.

No es gratuita la metáfora del mareo. Ese malestar físico se manifiesta con síntomas que van desde las náuseas hasta el vómito y la pérdida de la coordinación motriz y el equilibrio.

Arturo Beltrán Leyva fue un hombre al que la vorágine en que él mismo eligió vivir terminó mareándolo y haciéndolo perder no sólo el equilibrio (personal, familiar) sino la vida. Amo y señor de un imperio criminal temido a lo largo y ancho del país, dueño de un poder casi ilimitado, Beltrán Leyva, "el Jefe de Jefes", dejó una estela de violencia que marea a propios y extraños, que provoca náuseas, vértigo y horror.

En francés, por cierto, al mareo se le denomina con un término muy descriptivo: mal de mer o "mal de mar" o "del navegante", es decir el provocado por el movimiento que se experimenta al viajar en barco. Simbólico que Beltrán Leyva terminara su existencia víctima del "mal de mar", pues fueron infantes de Marina quienes lo liquidaron.

También en los aviones comerciales se puede experimentar mareo debido a las turbulencias del vuelo. Para los desafortunados pasajeros que lo sufren, existen las bolsitas de plástico rotuladas sac de mal de mer, que se usan cuando no se pueden contener las náuseas y el vómito es inminente. No hubo bolsa para el mareo en Cuernavaca, donde un vómito de sangre bañó a los residentes de exclusivo condominio, que sin duda experimentaron en cabeza ajena el vértigo ocasionado por moverse en las peligrosas alturas.

Para combatir el mareo se utilizan frecuentemente pastillas cuyo ingrediente activo es el dimenhidrinato. Unas muy populares en México llevan por nombre comercial Dramamine. ¿Drama-mine? "Mina del drama", si se me permite la aberrante traducción. Mina de dramas. Mina de vómito. Mina de sangre. México es hoy una víctima más del mareo, al que ni todas las Dramamine del mundo pueden curar del mal del navegante, porque el capitán de nuestra "nave de gran calado" es un pobre diablo que vive permanentemente mareado y vomitándose encima, mientras el país entero siente náuseas y apenas puede mantenerse en pie, porque lo abruma la mareadora sensación de ir ganando, aunque no lo parezca.

Mientras cien millones de mexicanos vivimos aturdidos por el mareo, hay uno que ni suda, ni se acongoja, ni sufre vértigos. Uno que se divierte vomitándonos encima su impunidad. Uno que sabe que ni todos los vaivenes marinos podrán tumbarlo, porque se sabe el verdadero Jefe de Jefes, al menos lo es del capitán del barquito de papel bautizado México. Guzmán de apellido, sinaloense de nacimiento. Ese no se marea.

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